En este pueblito colombiano, aseguran que este lugar está escondido en una isla de la cordillera oriental.
Noticias Colombia.
Dicen que existe un rincón donde la naturaleza susurra. Allí, en este parque los árboles no solo crecen: envejecen. Lucen largas barbas de musgo como sabios que han visto pasar siglos. Las piedras, mientras tanto, parecen tener ojos. Algunas, juran los lugareños, te observan en silencio. Y el río… no corre, murmura.
Este sitio no es grande, pero encierra un universo. Se extiende por apenas cuatro hectáreas, abrazado por los brazos del río, con senderos sombreados, puentes de madera y árboles centenarios cubiertos de musgo español.
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Desde que uno entra, algo cambia: el aire se espesa, el tiempo se desacelera y la mirada se vuelve más curiosa.
Estás dentro de un parque insular en plena cordillera oriental, donde la frontera entre lo real y lo fantástico es difusa.
Cómo llegar
Aunque se dice que está escondido, llegar no es difícil. Solo debes viajar hasta San Gil, en Santander, un pueblo que se ha ganado el título de capital colombiana del turismo de aventura.
Desde su parque principal, basta con cruzar un puente peatonal sobre el río Fonce y caminar unos pasos más. Entonces, sin darte cuenta, ya estás dentro de este enigmático lugar.
Desde Bucaramanga: 2,5 horas por carretera. Desde Bogotá: entre 6 y 7 horas por vía terrestre. Aeropuerto más cercano: Palonegro, en Bucaramanga.
Consejo: Si vas por tu cuenta, lo mejor es alojarte una noche en San Gil para aprovechar al máximo el recorrido.
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Qué ver y qué hacer
La principal atracción no es una escultura ni una torre, sino los árboles mismos. Enormes, retorcidos, cubiertos de un musgo gris verdoso que cuelga como si fueran barbas. De ahí el nombre que le dan algunos guías locales: "el bosque de los viejos que respiran despacio".
Caminar por sus senderos de piedra es como recorrer un escenario encantado. A lo largo del recorrido puedes encontrar:
Musgos colgantes (barbas de viejo): su imagen es la más icónica del lugar. Puentes rústicos de madera y caminos tranquilos, ideales para recorrer a pie. El río Fonce, que atraviesa el parque y acompaña con su sonido bajo y constante. Piedras con formas extrañas: muchas parecen tener rostros, cuerpos o figuras de animales escondidas en su superficie. "Monos invisibles": una leyenda local dice que hay criaturas que se escuchan pero no se ven. Zonas verdes para descanso, lectura o picnic.
No se trata solo de un paseo por la naturaleza. Aquí la experiencia es sensorial y simbólica: la mirada se detiene más, el oído se afina, la imaginación despierta.
Qué comer cerca
La visita se complementa perfectamente con la gastronomía santandereana, rica en sabores intensos y recetas tradicionales. Justo saliendo del parque, en el centro de San Gil, puedes encontrar:
Mute santandereano: espeso, sabroso y cargado de historia. Arepas de maíz pelao: crocantes y llenas de sabor. Hormigas culonas: crujientes y saladas, una experiencia que pocos olvidan. Carne oreada y tamal santandereano: intensos y muy locales. Jugos naturales y postres caseros con frutas de la región.
Recomendación: pide una bandeja santandereana para probar un poco de todo.
Un parque con historia
Aunque fue inaugurado oficialmente en 1986, la isla donde está ubicado ha sido paso de comunidades indígenas, campesinos y viajeros desde hace siglos.
Se trata de una formación natural rodeada por el río Fonce, que fue acondicionada como parque para preservar su belleza y darle acceso a locales y visitantes.
Hoy es administrado por el Instituto de Cultura y Turismo de San Gil y se ha convertido en uno de los íconos ecológicos del municipio. No solo por su flora, sino por el halo de misticismo que lo envuelve.
Consejos para tu visita
Lleva ropa fresca, zapatos cómodos y sombrero. Usa repelente y protector solar. Visítalo en la mañana o al atardecer para disfrutar de la luz filtrándose entre los árboles. Aunque puedes recorrerlo por tu cuenta, hay guías locales que cuentan leyendas y datos históricos. Ideal para tomar fotografías, especialmente si buscas atmósferas mágicas o paisajes llenos de detalle.
Muchos entran sin expectativas y salen con una sensación difícil de describir. Hay quien afirma que el parque tiene vida propia, que los árboles guardan recuerdos, que las piedras hablan si sabes mirar. Puede que no veas los “monos invisibles”, pero seguro sentirás algo cuando escuches al río hablar en voz baja.
Es un lugar pequeño, sí, pero transforma la mirada. En sus sombras hay calma. En sus senderos, historias. Y en su silencio, una belleza que no se grita, se susurra.
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