Millones en reposición de votos, espectáculo político y un Congreso que decide en silencio.

Noticias Colombia.

Elegir presidente en Colombia es un acto fundamental de la democracia, pero entender cómo funciona el poder más allá del voto presidencial es igual de importante. En ese punto, las consultas presidenciales se han presentado como un ejercicio ejemplar de participación ciudadana, cuando en realidad ocultan un alto costo económico y una profunda falta de pedagogía política.

Uno de los datos menos explicados es el de la reposición por voto. En una consulta presidencial, cada voto vale alrededor de 8.287 pesos en recursos públicos.

Esto significa que un candidato que obtenga 30.000 votos puede recibir cerca de 248 millones de pesos del Estado, aun cuando no gane la consulta ni avance a la primera vuelta. No se trata de una victoria política, sino de una participación financiada.

La cifra crece de forma exponencial. Un candidato que alcance un millón de votos recibe aproximadamente 8.287 millones de pesos, dinero que sale del presupuesto público.

Es decir, plata de todos los ciudadanos. Bajo este esquema, la consulta deja de ser solo un mecanismo democrático y se convierte también en una plataforma política sostenida con recursos estatales, donde participar ya representa una ganancia.

Mientras tanto, el debate público se concentra en el espectáculo. Los medios destacan ganadores simbólicos, las redes sociales amplifican discursos, se construyen narrativas épicas y se profundizan las divisiones.

Sin embargo, en medio de ese ruido, se invisibiliza una decisión mucho más determinante: la elección del Congreso de la República, que se realiza el mismo día.

Votar sin entender el poder

El Congreso no genera titulares virales, pero sí concentra el poder real. Es el órgano que aprueba las leyes, define el presupuesto nacional, autoriza impuestos y controla —o bloquea— las reformas del presidente.

Sin mayorías en el Congreso, cualquier proyecto presidencial queda limitado o condenado al fracaso. Sin Congreso no hay reformas, sin Congreso no hay gobernabilidad, sin Congreso no hay país.

El problema de fondo no es la consulta en sí, sino la ausencia de pedagogía política. A la ciudadanía se le explica cómo votar en una consulta, pero no se le explica quién va a legislar, cómo se conforma el poder ni por qué el Congreso es decisivo.

Así se produce una distorsión democrática: se promueve la emoción electoral, pero se niega la comprensión del sistema.

Aquí aparece un derecho que rara vez se menciona: el derecho a entender el poder. No basta con depositar un voto; la democracia exige información clara y completa.

El presidente propone, pero el Congreso dispone. Mientras esa realidad no se explique con la misma fuerza que el espectáculo electoral, el país seguirá celebrando el show mientras las decisiones estructurales se toman en silencio.