Tenía 25 años, dirigía una academia infantil de tenis y soñaba con entrenar en el extranjero.
Noticia Internacional.
Radhika Yadav tenía 25 años y una vida entera por delante. Había sido una promesa del tenis juvenil en India y, aunque una lesión le impidió competir a nivel profesional, encontró en la enseñanza una nueva pasión. Había fundado su propia academia deportiva en Gurugram, cerca de Nueva Delhi, y entrenaba a decenas de niños y adolescentes con el mismo entusiasmo que un día la impulsó a ella.
Pero el pasado 10 de julio, su historia terminó de forma brutal: su padre, Deepak Yadav, un exoficial de seguridad, la asesinó a tiros en su propia casa. Él mismo confesó el crimen horas después, alegando que lo hizo porque su hija lo había “deshonrado”.
Este no fue un arrebato. Fue una ejecución deliberada, premeditada y, según el asesino, “justificada” por el supuesto daño que Radhika causaba al honor familiar. En realidad, lo que no soportaba era su independencia.
Desde muy joven, Radhika fue vista como una figura excepcional en el mundo del tenis femenino de su región. Representó al estado de Haryana en competiciones nacionales, destacándose por su técnica y su disciplina. Cuando una lesión truncó su carrera como atleta, en vez de rendirse, decidió enseñar. Así nació su academia: con poco presupuesto, pero con muchas ganas.
Sus redes sociales mostraban su rutina
Entrenamientos al amanecer, clases al aire libre, videos motivacionales, fotos con alumnos y campañas de marcas deportivas. También había explorado el modelaje fitness y participado en un videoclip musical, lo que incomodó a su familia.
Detrás de esa vida activa y profesional, había un entorno familiar rígido y controlador. Deepak Yadav la reprendía constantemente por su vestimenta, su presencia en internet, su decisión de no casarse y su deseo de irse a trabajar a Dubái o Australia. En casa, ella no era vista como una profesional exitosa, sino como una hija “rebelde”.
La mañana del crimen, Deepak esperó a que su esposa y su hijo salieran. Amarró al perro en el patio, subió al cuarto de Radhika, sacó su arma —legalmente registrada— y le disparó cuatro veces. No huyó. Llamó a su hermano y dijo: “He cometido un kanya vadh”, expresión antigua que significa “asesinato de una hija”.
Cuando la policía llegó, Radhika ya había muerto. Él estaba en casa, tranquilo, sin resistirse. En su declaración, explicó que había matado a su hija porque ella “no lo obedecía”, “se vestía mal”, “se exponía” y “no respetaba las normas de la casa”.
Radhika Yadav quería huir
Los investigadores confirmaron que no era la primera vez que ella hablaba de irse del país para huir de ese ambiente opresivo. Sus amigas compartieron chats y audios donde Radhika expresaba miedo, frustración y un deseo profundo de empezar una nueva vida lejos de la vigilancia de su familia.
La noticia generó una ola de indignación. Deportistas, actrices y periodistas condenaron el crimen. El medallista olímpico Neeraj Chopra escribió: “Los sueños de nuestras hijas no deberían terminar dentro de sus casas”. La frase se hizo viral.
Pero más allá del escándalo mediático, el caso de Radhika Yadav reabre una discusión urgente: en India, los llamados “crímenes de honor” siguen siendo una realidad. En 2023, más de 1.300 mujeres fueron asesinadas por familiares en contextos similares. La mayoría de los casos están relacionados con matrimonios intercasta o desobediencia a normas sociales impuestas por los hombres.
El feminicidio de Radhika es aún más crudo porque no fue por amor prohibido ni por una relación secreta. Fue por trabajar, por soñar, por mostrarse libre.
Deepak Yadav está detenido y enfrenta cargos por asesinato agravado. Su familia ha exigido cadena perpetua. Compañeros y alumnos de Radhika organizaron una vigilia en las canchas donde entrenaba. Llevaron raquetas, flores y pancartas que decían: “Ella solo quería vivir”, “Ni una más”, “Justicia para Radhika”.
En la memoria de quienes la conocieron, Radhika será siempre más que una víctima. Fue una mujer valiente, disciplinada, apasionada por el deporte y decidida a cambiar su destino.