De Guatavita al Viejo Peñol: así fueron los pueblos que se hundieron para dar paso a los embalses.

Noticias Colombia.

En Colombia, los ríos no solo han marcado el camino de la vida, también han guardado secretos. Bajo algunos de sus embalses yacen pueblos enteros o caseríos que un día fueron hogar, plaza y memoria, y que hoy solo sobreviven en fotografías y en la nostalgia de quienes tuvieron que dejarlos atrás.

Los dos casos más emblemáticos son los de El Viejo Peñol (Antioquia) y la Vieja Guatavita (Cundinamarca).

El primero fue inundado en 1978 para dar paso al embalse Guatapé–Peñol, que hoy es uno de los paisajes turísticos más visitados del país, con sus islas artificiales y la famosa Piedra del Peñol como atractivo central.

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Los habitantes fueron trasladados al Nuevo Peñol, un casco urbano diseñado especialmente para su reubicación.

La historia de Guatavita es similar. En 1967, las aguas del embalse de Tominé cubrieron el pueblo original. Sus casas coloniales, calles y recuerdos quedaron bajo el agua, y los habitantes se trasladaron a la Nueva Guatavita, de arquitectura blanca y tejas rojas.

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Paradójicamente, este lugar guarda relación con la leyenda de El Dorado y con rituales indígenas en la laguna cercana, que hoy atrae visitantes de todo el mundo.

Pero no fueron los únicos. En otras regiones del país, la construcción de represas y embalses también obligó a comunidades a reubicarse. Aunque no desaparecieron cabeceras municipales, sí se sumergieron corregimientos, veredas y caseríos:

Beltrán (Cundinamarca) perdió parte de su territorio con el embalse del Guavio en los años 80. En Santander, los corregimientos de Papayal y Marta quedaron bajo las aguas del embalse de Hidrosogamoso en 2014. El embalse de Prado (Tolima) inundó caseríos enteros en los años 70, dando origen al actual atractivo turístico conocido como “el mar interior de Colombia”. En Nechí (Antioquia), las represas de Porce II y Porce III sepultaron áreas rurales y desplazaron familias. En el caso de Chingaza (Meta y Cundinamarca), la obra afectó a pequeños poblados campesinos que desaparecieron en el agua. Más recientemente, con el proyecto de Hidroituango (Antioquia), decenas de veredas fueron evacuadas y deshabitadas para dar paso al embalse, aunque sin borrar un casco urbano.

Cada historia comparte un mismo patrón: la promesa del progreso energético frente al desarraigo de comunidades que debieron abandonar sus raíces.

Sin embargo, con el paso del tiempo, muchos de estos lugares se convirtieron en nuevos atractivos turísticos, ya sea por la curiosidad de explorar lo que yace bajo el agua o por los paisajes transformados que dejaron los embalses.