Hoy, sus calles aún susurran la historia de quienes fueron apartados por el miedo y el prejuicio.

Noticias Colombia.

En el corazón de Cundinamarca, a tan solo 120 kilómetros de Bogotá, existe un pueblo con un pasado que duele. Agua de Dios fue durante más de un siglo sinónimo de exilio, de enfermedad y de olvido. Fundado oficialmente en 1870 como un “lazareto”, el municipio fue convertido por el Estado colombiano en un espacio de confinamiento obligatorio para personas diagnosticadas con lepra.

Allí, entre el calor sofocante, los prejuicios y la distancia, miles de colombianos vivieron, amaron, resistieron y murieron bajo el peso de un estigma incurable: el de ser considerados peligrosos para la sociedad.

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El encierro legalizado

La historia de Agua de Dios está íntimamente ligada al miedo. En un país sin sistema de salud pública y con escaso conocimiento científico, la lepra se convirtió en sinónimo de contagio, castigo divino y degeneración moral.

En 1870, el gobierno nacional decretó la reclusión forzosa de los enfermos en tres lugares del país: Agua de Dios (Cundinamarca), Contratación (Santander) y Caño de Loro (Cartagena).

Pero Agua de Dios fue más que un lazareto. Se convirtió en una ciudad paralela, con sus propias leyes, su sistema de vigilancia médica y policial, sus permisos de ingreso y salida, su arquitectura de reclusión. Allí, la libertad fue un privilegio negado. Vea: En el Valle están tratando de identificar casos de Lepra o Hansen en «municipios silenciosos», para temprana atención

Las familias eran separadas. Las visitas estaban restringidas. Los niños nacidos de padres con lepra eran entregados a instituciones religiosas. Los muertos eran enterrados en cementerios especiales. En Agua de Dios, la exclusión fue ley.

Entre el dolor y la dignidad

A pesar del aislamiento y el dolor, los habitantes de Agua de Dios no se limitaron a sobrevivir: construyeron una comunidad. Crearon iglesias, escuelas, imprentas, bibliotecas.

Fundaron periódicos y lucharon por sus derechos. Muchos se organizaron en cooperativas, en redes de apoyo mutuo, en colectivos que les permitieran resistir el abandono estatal.

La comunidad religiosa, especialmente los Hermanos de San Juan de Dios y las Hermanas Terciarias Capuchinas, jugó un papel ambivalente: por un lado, ayudó a humanizar el trato médico y dio educación a niños y jóvenes; por otro, reforzó el carácter de encierro bajo una moral cristiana de penitencia y sacrificio.

Uno de los nombres más recordados es el de Rafael Pombo, no por su obra poética sino por haber sido uno de los impulsores del lazareto.

También el médico Luis Patiño Camargo, quien documentó durante décadas la historia médica de la lepra en Colombia, dejó testimonio del drama humano vivido en este municipio.

El fin del aislamiento… ¿y del olvido?

No fue sino hasta 1961 que Colombia derogó las leyes de aislamiento obligatorio. Para entonces, Agua de Dios ya había forjado una identidad propia, pero el estigma persistía.

Muchos colombianos desconocían su historia. Otros seguían creyendo que la lepra era contagiosa al menor contacto. El imaginario social se alimentó de ignorancia, miedo y silencios oficiales.

Hoy, Agua de Dios es un municipio como cualquier otro. Sus calles, tranquilas y cálidas, conservan la memoria arquitectónica del encierro: antiguos hospitales, pasadizos, conventos, casas abandonadas.

También sobreviven los testimonios orales de sus habitantes, algunos hijos o nietos de quienes fueron confinados.

Pero la historia de Agua de Dios no debe quedar sepultada bajo el polvo del archivo. Es una historia que interpela al Estado, a la ciencia, a la iglesia y a toda una sociedad que, en nombre de la salud, eligió el encierro como castigo. Es una herida abierta que exige memoria y reparación.

Porque Agua de Dios no fue solo un pueblo con enfermos. Fue —y sigue siendo— el símbolo de un país que prefirió aislar a sanar, excluir a comprender, y olvidar a recordar.

Fuentes: Archivo General de la Nación de Colombia, Universidad Jorge Tadeo Lozano, EL Espectador.