Wendy rompió el silencio tras un violento ataque en Ecatepec; asegura que su pareja intentó matarla y que quienes estaban cerca no intervinieron, por lo que ahora pide que no quede impune.
Noticias Internacionales.
Wendy era una joven enfermera con futuro. Pero el 10 de marzo en Ecatepec, Estado de México, según su testimonio, su esposo decidió que ese futuro no existiría.
Más de 25 puñaladas en rostro, cuello y abdomen. Un pulmón perforado. Órganos destrozados. Cuatro días en coma. Y, de acuerdo con lo que ella relata, lo más escalofriante: hubo testigos que eligieron no hacer nada.
La relación duró poco más de dos años, pero desde el principio mostró señales alarmantes.
«La primera vez que inició la violencia fue porque estábamos platicando de que íbamos a ir a casa de sus papás y él me cacheteó», relata Wendy.
Esa primera agresión fue solo el inicio de un patrón de celos extremos, control absoluto, encierros y amenazas constantes.
Cuando intentó terminar la relación, él sacó lo que ella describe como su arma más cruel: contenido íntimo grabado sin su consentimiento.
«Me empieza a decir que él tiene contenido íntimo mío y que si yo lo dejaba, él iba a empezar a difundirlo por todo el hospital», explica la víctima.
El chantaje funcionó. La violencia escaló hasta causarle, según afirma, la pérdida de un bebé producto de las agresiones.
El día que decidió matarla
Ese 10 de marzo, Wendy tomó la decisión definitiva de irse.
Ella asegura que él tomó otra: «Me dice que yo no iba a salir viva de ahí, que yo no merecía estar viva».
Comenzó el ataque con un cuchillo.
«Termino yo cayendo en el piso y empiezo a sentir cómo me ahogo con la sangre», recuerda entre lágrimas.
En medio de la brutal agresión, la puerta se abrió. Era, de acuerdo con su relato, la familia del agresor: su mamá, su hermano y su tía.
«Yo dije: ‘No, pues me van a ayudar, van a hacer algo’. No hicieron nada, agarraron y cerraron la puerta», relata Wendy con indignación.
Esos minutos de inacción, según denuncia, pudieron costarle la vida.
Abandonada como desconocida
La misma familia que no intervino fue quien finalmente la trasladó al hospital, pero, de acuerdo con lo que cuenta Wendy, no para salvarla, sino para abandonar el problema.
«Me dejaron en calidad desconocida. Yo ahí dejé de responder, de reaccionar», cuenta.
Los médicos tuvieron que reconstruir su esófago, tráquea, faringe, hígado y riñón. El daño en su pulmón fue devastador.
Mientras Wendy luchaba por sobrevivir, Pedro Yaret, su agresor de 23 años y también enfermero, huía de la justicia.
Fue localizado semanas después en Atlacomulco, escondido en un anexo de Alcohólicos Anónimos, rapado para no ser reconocido.
Fue detenido por elementos de Marina y la Fiscalía del Estado de México junto con cuatro familiares por omisión.
Luchar contra la impunidad
A pesar de la brutalidad del ataque, el caso inicialmente fue clasificado como «lesiones».
Wendy no solo sobrevivió a 25 puñaladas, ahora debe sobrevivir —según su experiencia— a un sistema que, denuncia, minimiza la violencia contra las mujeres.
Su lucha ya no es solo por su vida, es contra la impunidad que, a su juicio, permite que agresores como Pedro Yaret sigan caminando libres mientras sus víctimas cargan con las cicatrices.
La historia de Wendy no es un caso aislado.
Es el reflejo de miles de mujeres que viven bajo control, amenazas y violencia, y que cuando finalmente deciden irse, descubren que el sistema no está diseñado para protegerlas.




























