El 10 de agosto, a las 7:34 de la mañana, la tierra se movió con una fuerza que cambió para siempre la vida de miles de familias en Colombia. Un terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, sacudió buena parte del occidente del país y convirtió en cuestión de segundos viviendas, edificios y espacios cotidianos en escenarios de destrucción.
Hoy, un mes después, la emergencia ya no se mide solamente por la cantidad de personas rescatadas de los escombros. También se cuenta en los hogares que quedaron vacíos, en las familias que todavía esperan respuestas, en quienes perdieron sus viviendas y en las comunidades que comenzaron una larga carrera para recuperar lo que el movimiento de la tierra les arrebató.
El balance consolidado de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) reportó 321 personas fallecidas, 4.595 heridas y 257 desaparecidas, mientras que 364 personas habían sido rescatadas durante las primeras semanas de atención. El desastre dejó además más de 30.800 viviendas destruidas y cerca de 152.000 con algún tipo de afectación, junto con más de 300 edificios colapsados.
Detrás de cada cifra hay una historia que no cabe en una estadística. Hay padres que tuvieron que despedir a sus hijos, familias que quedaron sin el lugar donde habían construido durante décadas sus recuerdos y personas que todavía duermen lejos de sus casas porque regresar no es una opción segura. Por eso, un mes después, hablar del terremoto no significa únicamente recordar lo ocurrido: significa preguntarse qué ha pasado con quienes sobrevivieron y cuánto falta para que puedan recuperar una vida parecida a la que tenían antes del 10 de agosto.
Cali: una ciudad que todavía convive con el miedo, los escombros y las pérdidas
En Cali, el terremoto del 10 de agosto dejó una de las escenas más dolorosas de la emergencia nacional. Con corte al 5 de septiembre, el balance oficial de la Alcaldía reportaba 154 personas fallecidas y 1.517 heridas como consecuencia de la emergencia. De los heridos registrados, 1.489 ya habían recibido el alta médica y 28 permanecían bajo atención en la red hospitalaria.
La dimensión de la tragedia también se refleja en el número de familias afectadas. Para ese mismo corte, las autoridades habían realizado la evaluación de 51.132 familias, mientras que 45.139 figuraban como damnificadas. A un mes de la tragedia, 492 personas permanecían en alojamientos temporales, una muestra de que para cientos de caleños la emergencia todavía no había terminado y regresar a casa seguía sin ser una posibilidad.
El terremoto también dejó una profunda huella sobre la infraestructura de la ciudad. Las evaluaciones técnicas adelantadas después de la emergencia identificaron edificaciones habitables, otras que requieren restricciones de uso y estructuras que no pueden ser ocupadas debido a los daños registrados. A esto se suma la demolición de inmuebles que quedaron en condición crítica, procesos que han comenzado a cambiar físicamente sectores enteros de Cali.
Pero las cifras no alcanzan a explicar por completo lo ocurrido. En barrios como Cuarto de Legua, Guadalupe, El Lido, Tequendama, Refugio y otros sectores afectados, el terremoto significó mucho más que daños materiales: familias que perdieron seres queridos, personas que abandonaron sus viviendas, negocios que tuvieron que cerrar y comunidades enteras que tuvieron que aprender a vivir con el temor de que una nueva emergencia pudiera ocurrir.
Un mes después, Cali enfrenta una nueva etapa. Ya no se trata solamente de rescatar, atender heridos o retirar escombros, sino de reconstruir viviendas, recuperar espacios afectados y acompañar a quienes perdieron parte de su vida aquel 10 de agosto. La ciudad comienza a dejar atrás la fase más inmediata de la emergencia, pero para las familias que todavía esperan una solución, la tragedia continúa siendo una realidad cotidiana.
Valle del Cauca: un departamento que todavía intenta levantarse
El Valle del Cauca fue uno de los territorios más golpeados por el terremoto del 10 de agosto. Aunque Cali concentró una parte importante de las víctimas y de los daños, la emergencia también dejó una profunda huella en municipios del norte del departamento, donde viviendas, edificaciones patrimoniales, negocios y espacios comunitarios quedaron afectados.
Uno de los casos más graves se presentó en Roldanillo, donde el balance conocido tras la emergencia dejó dos personas fallecidas, 112 heridas, alrededor de 3.000 viviendas afectadas y más de 12.000 damnificados. El terremoto también comprometió construcciones históricas y espacios representativos del municipio, entre ellos sectores cercanos al parque de La Ermita y edificaciones de valor cultural.
La situación también fue crítica en El Cairo, municipio del norte del Valle donde los primeros reportes señalaron afectaciones en cerca del 80 % del territorio urbano. La fuerza del movimiento provocó daños en viviendas y edificaciones, mientras las autoridades avanzaban en la evaluación de las estructuras que representaban riesgo para sus habitantes.
El impacto no fue solamente material. En distintos municipios del norte del departamento, las comunidades tuvieron que enfrentar viviendas inhabitables, familias damnificadas y la pérdida de espacios que hacían parte de su historia. En Roldanillo, por ejemplo, los daños alcanzaron incluso el cementerio municipal, donde el movimiento de las estructuras dejó expuestos restos humanos y elementos que posteriormente fueron examinados por la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas.
Un mes después, el Valle del Cauca enfrenta el desafío de reconstruir mucho más que paredes y techos. La recuperación implica devolverles condiciones de vida dignas a las familias damnificadas, recuperar viviendas y espacios públicos, proteger el patrimonio y permitir que municipios enteros vuelvan a desarrollar sus actividades cotidianas. En lugares como Roldanillo y El Cairo, el terremoto dejó una marca que permanecerá durante mucho tiempo, mientras las comunidades comienzan una reconstrucción que apenas empieza.