Un análisis sobre quién asumiría el poder, cómo reaccionaría la Fuerza Armada y qué papel jugarían Edmundo González y María Corina Machado en un eventual cambio de régimen.
Noticias Internacionales.
La pregunta sobre qué pasaría en Venezuela si el régimen de Nicolás Maduro cae ha pasado de ser una especulación académica a un escenario analizado con mayor seriedad, especialmente frente a la tensión política, la presión internacional y el desgaste institucional del chavismo. En medio de este debate, la conversación entre el periodista Wilson Barco y el analista Mariano de Alba ayuda a trazar un mapa más preciso sobre los escenarios reales, los riesgos inmediatos y las decisiones que moldearían el “día después”.
De Alba, reconocido por su trabajo en diplomacia, derecho internacional y transición política, plantea una idea central: la caída de Maduro no garantiza por sí sola estabilidad, democracia o gobernabilidad. Por el contrario, abre un período frágil en el que instituciones claves, como la Fuerza Armada y el Tribunal Supremo, determinarían la velocidad y la viabilidad del cambio.
Uno de los puntos más sensibles es quién asumiría el poder en las primeras horas. Aunque sectores de la oposición consideran que Edmundo González Urrutia o María Corina Machado podrían encabezar un gobierno de transición, De Alba advierte que ese paso dependerá del grado de resistencia institucional. La oposición podría reclamar legitimidad política, pero el control efectivo del territorio, los cuarteles y las instituciones seguiría siendo el obstáculo principal.
El comportamiento de la Fuerza Armada en un vacío de poder es, según De Alba, el factor más impredecible. Las Fuerzas Armadas podrían optar por facilitar la transición, disputar el mando, o incluso intentar mantener elementos del viejo régimen. El riesgo de fracturas internas, mandos paralelos o disputas por el control de zonas estratégicas no puede descartarse. Este punto es crucial para determinar si el país transitará hacia la calma o hacia un escenario de inestabilidad.
Otro debate clave gira en torno a la posibilidad de elecciones inmediatas. De Alba señala que una convocatoria acelerada podría ser contraproducente si no existe un mínimo de orden institucional. Por ello, toma fuerza la idea de una junta de transición con tareas concretas: estabilizar el país, reorganizar instituciones, garantizar seguridad y preparar un cronograma electoral confiable.
Las primeras 24 horas se presentan como el momento de mayor riesgo. Sin claridad sobre la autoridad legítima, pueden surgir retaliaciones, actos de violencia, venganzas internas o intentos de algunos grupos por llenar el vacío de poder. Evitar este escenario dependerá de acuerdos previos, garantías para todos los actores y acompañamiento internacional.
La comunidad internacional tendría un papel decisivo. Países vecinos, Estados Unidos, la Unión Europea y organismos multilaterales serían necesarios para garantizar seguridad, recursos, observación y mediación. Sin apoyo externo, la transición podría quedar atrapada entre tensiones internas y presiones contrapuestas.
Al final, De Alba concluye que Venezuela tiene una oportunidad, pero también enfrenta el desafío de no repetir ciclos autoritarios. La transición solo será posible si existe una combinación de legitimidad política, control territorial, compromisos institucionales y garantías para todos los sectores. El día después no es simplemente el fin del chavismo, sino el inicio de una competencia por reconstruir un país que lleva décadas en crisis.