Entre el duelo y la superación, la vida de una mujer marcada por la tragedia y sostenida por el amor a una nueva hija.

Noticia Internacional.

Cuando Lorena Agüero despertó en el hospital, diez días después de haber caído inconsciente, lo primero que hizo fue preguntar por sus hijos.

"¿Dónde están mis soles?", escribió en un papel, porque todavía no podía hablar. Sus tres hijos, Lisandro, Iona y Lautaro, no estaban.

Su madre, con el corazón roto, le dijo: "Los nenes se durmieron". Aquel 6 de mayo de 2010, una intoxicación por monóxido de carbono había apagado sus vidas, dejando a Lorena atrapada en un abismo de dolor que definiría los años venideros.

Lorena alquilaba una casa en Trelew, Argentina, junto a su pareja, con quien había formado la familia de sus sueños. "Siempre quise ser mamá", recuerda, entre lágrimas, al hablar con Infobae.

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Esa fatídica noche, después de cenar, les dio a sus hijos su beso de buenas noches. Nunca imaginó que sería la última vez que los vería con vida.

La estufa a gas que calentaba su hogar quemaba mal y liberó monóxido de carbono. Lorena no sabía que los constantes dolores de cabeza eran una advertencia. Tampoco entendió por qué aquella mañana apenas podía mantenerse en pie antes de desplomarse en el pasillo.

Fue su pareja quien, al regresar del trabajo, los encontró a todos inconscientes. Lorena fue la única que sobrevivió tras varios días en terapia intensiva.

Sus hijos no tuvieron esa oportunidad. "Me desperté en el hospital sin saber qué había pasado. Mi mamá estaba ahí y me decía que me tranquilizara, que los nenes estaban con la tía. Pero sabía que algo estaba mal", recuerda.

Finalmente, le dijeron la verdad: sus hijos habían fallecido.

El dolor infinito de Lorena

"Quería morirme", confiesa Lorena. "No quería respirar, no quería vivir sin ellos". Al ser dada de alta, enfrentó una realidad devastadora: su pareja la dejó, incapaz de sobrellevar el duelo.

"Todos perdimos. Pero yo me quedé sola", cuenta. El duelo fue un camino largo y solitario. Pasó meses encerrada, sin comer ni dormir. Cada rincón de su casa le recordaba lo que había perdido.

"Siempre fui creyente, pero no entendía por qué Dios me dejó aquí. No quería estar viva. Pero algo en mí dijo: 'Si Él me dejó, será por algo'".

Esa fe, junto con el apoyo de su madre y hermanas, le permitió dar pequeños pasos hacia la reconstrucción.

Un nuevo comienzo

El tiempo, el trabajo y el apoyo de un psicólogo le ayudaron a encontrar motivos para seguir. Y entonces llegó Gustavo, un hombre que le mostró que el amor puede florecer incluso en el suelo más árido.

"Lo empujaba, le decía que se fuera, pero él se quedó", relata. Gustavo no solo la acompañó, sino que la animó a dar un paso que ella temía: tener otra hija. Así nació Alma, quien hoy, con ocho años, ilumina su vida.

"A veces el miedo me paraliza, pero trato de no transmitírselo. Alma sabe de sus hermanos, sabe lo que pasó. Quiero que entienda que la vida es un regalo, incluso con todo el dolor".

El legado del amor

Lorena dice que nunca se supera un dolor tan grande, pero sí se aprende a vivir con él. "Mis hijos siempre están en mis pensamientos. Cada día pienso en ellos, en lo que harían, en cuánto los extraño".

Sin embargo, también encontró motivos para reír y soñar de nuevo. "Quiero honrar su memoria siendo feliz. Porque ellos querrían que lo fuera".

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Hoy, Lorena comparte su historia para crear conciencia sobre el monóxido de carbono, pero también para dar esperanza. "Después de la tormenta, siempre sale el sol. Y aunque el dolor nunca desaparezca, la vida sigue siendo hermosa. Siempre hay un motivo para seguir adelante".