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La reelección de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil representa un resultado adverso para la estrategia regional de Donald Trump. El mandatario brasileño derrotó al senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, en la segunda vuelta presidencial del 25 de octubre, en unos comicios que también pusieron en juego el rumbo de las relaciones entre Brasilia y Washington.
Con el 100 % de los votos contabilizados, Lula obtuvo el 51,8 % de los sufragios, frente al 48,2 % de Flávio Bolsonaro, según los resultados divulgados por las autoridades electorales brasileñas y reportados por Associated Press. La victoria le permitirá iniciar su cuarto mandato presidencial no consecutivo en enero de 2027. Sin embargo, el candidato derrotado rechazó reconocer el resultado y anunció que buscará su anulación, alegando irregularidades relacionadas con una extensión del horario de votación.
Un resultado que afecta los planes de Trump
El impacto político va más allá de la disputa entre la izquierda y la derecha brasileñas. Flávio Bolsonaro había conseguido posicionarse como un candidato cercano a la administración estadounidense y como una alternativa para fortalecer la cooperación bilateral en seguridad, comercio y política regional.
La relación entre ambos sectores había adquirido relevancia durante la campaña. Una investigación de Reuters publicada el 24 de octubre documentó gestiones de funcionarios estadounidenses para favorecer el regreso de la familia Bolsonaro al poder. El medio también precisó que no pudo establecer hasta qué punto esas actuaciones respondían a instrucciones directas de la Casa Blanca o del secretario de Estado, Marco Rubio. Trump, por su parte, no había respaldado públicamente a un candidato en los términos descritos por la investigación.
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Con Lula nuevamente en la Presidencia, Washington pierde la posibilidad de incorporar a Brasil, la mayor economía de América Latina, a un bloque de gobiernos conservadores más alineados con las prioridades de Trump. Reuters señaló que el resultado supone un revés para esa estrategia regional, en un momento en que las relaciones entre ambos países están marcadas por diferencias políticas y económicas.
Los aranceles y las sanciones marcaron la relación bilateral
Uno de los principales puntos de conflicto ha sido la política comercial estadounidense. En 2025, Trump impuso aranceles del 50 % a productos brasileños y vinculó explícitamente parte de esa decisión con el proceso judicial contra Jair Bolsonaro, condenado en 2025 por su participación en un intento de golpe de Estado tras las elecciones de 2022.
Aunque algunas de esas medidas fueron posteriormente modificadas, las nuevas tensiones comerciales continuaron durante 2026. Ambos gobiernos también mantienen diferencias sobre la lucha contra el crimen organizado, las sanciones a funcionarios brasileños y el alcance de la cooperación bilateral.
La administración Trump ha defendido sus medidas con argumentos relacionados con el comercio y con sus objeciones a actuaciones de las autoridades brasileñas. Por su parte, Lula ha cuestionado la presión de Washington y ha defendido la soberanía de su país. La BBC documentó estas diferencias y las acusaciones brasileñas de injerencia electoral, que el Gobierno estadounidense ha rechazado.
¿Qué cambia con la victoria de Lula?
El resultado no significa que Brasil vaya a romper relaciones con Estados Unidos. Los dos países mantienen importantes intereses comerciales y estratégicos, por lo que la negociación seguirá siendo relevante para ambos gobiernos. Sin embargo, la continuidad de Lula anticipa que persistirán las diferencias sobre las sanciones, los aranceles y la autonomía política brasileña.
También queda por ver cómo evolucionará la relación con un Congreso en el que las fuerzas vinculadas al bolsonarismo conservaron una presencia importante. Esa composición podría limitar la capacidad del presidente para impulsar algunas de sus iniciativas internas.
La victoria de Lula, por tanto, modifica el escenario político regional que esperaba Washington. Para Trump, el desafío será gestionar la relación con un Gobierno brasileño que ha cuestionado abiertamente algunas de sus decisiones, mientras busca proteger los intereses económicos y estratégicos estadounidenses en América Latina.