La pareja relató a este medio las horas de angustia que vivieron atrapados tras el terremoto en Venezuela y cómo el apoyo mutuo fue clave para sobrevivir.
Noticias Internacionales.
En medio del caos y el terror que siguió al devastador terremoto que sacudió Venezuela, una historia emerge como símbolo de amor, resistencia y solidaridad humana. Francisco Soto y Diomeris Mata no solo sobrevivieron a una caída de siete pisos cuando su edificio colapsó como un castillo de naipes, sino que permanecieron conscientes, unidos y con vida durante 17 y 22 horas respectivamente bajo toneladas de escombros.
¿Qué hace una persona cuando siente que el suelo literalmente se abre bajo sus pies? Francisco Soto tuvo segundos para tomar una decisión que determinaría su destino y el de su esposa. "Vi la grieta en el piso, vi cuando la pared se abre. Ahí me vino en la mente: esto es un terremoto. Lo que hice fue abrazar a mi esposa y dejarnos caer", relata.
Esa decisión de permanecer abrazados durante la caída libre desde el séptimo piso fue, paradójicamente, lo que permitió que quedaran juntos tras el colapso. "Nos abrazamos y dejamos que el edificio se desplomara, pero nosotros abrazados. Queremos estar juntos. Yo creo que eso fue lo que nos salvó, estar juntos", reflexiona Francisco.
La física del colapso fue brutal: el edificio cayó piso por piso en cuestión de segundos. "Fue cayendo como naipe", describe Francisco. Durante la caída, esperó el "golpe final, el golpe que apagara la luz y quedáramos fuera, muriéramos".
Atrapados pero conscientes: comenzó la lucha psicológica
Cuando finalmente se detuvieron, el silencio era aterrador. Después de gritos desgarradores de otras víctimas, llegó un silencio total. Francisco y Diomeris nunca perdieron el conocimiento, lo que significaba que vivirían cada segundo de esa pesadilla completamente conscientes.
La situación física era crítica: Francisco tenía el mesón de la cocina atravesado sobre su cuerpo y una fractura en la pierna. Diomeris estaba debajo de él, con un muro de columna y la puerta del baño aprisionando sus piernas. Tenían el piso ocho completo sobre ellos, cara a cara con la muerte.
"El espacio era muy reducido. Empezamos a movernos, a pedir auxilio, pero era imposible que nos escucharan. No sabíamos la magnitud de lo que estaba pasando. No sabíamos si era el único edificio o si eran muchos edificios", recuerda Francisco.
La noche más larga: apoyo mutuo para no rendirse
Lo que siguió fue una batalla psicológica tan intensa como el dolor físico. Francisco y Diomeris desarrollaron un sistema de apoyo emocional que resultó vital para su supervivencia. En su testimonio completo para TuBarco, Diomeris explica la estrategia: "Cuando Francisco lloraba o caía porque no veíamos esperanza alguna, mi respuesta fue tragarme mi dolor para que él pudiera también mantener calma y no demostrarle mi miedo ni mi desesperación porque iba a ser peor. Y así fuimos mutuamente. Cuando yo tenía las crisis de llanto de desesperación, él tenía el mismo aliento conmigo".
Esta reciprocidad emocional les permitió atravesar la noche más larga de sus vidas. El dolor era constante: deshidratación, posiciones forzadas, fractura expuesta, y el terror permanente de perder oxígeno o sufrir el síndrome de aplastamiento.
Después de cuatro horas en completa oscuridad, lograron alcanzar un teléfono celular. No había señal, pero tenían luz. Y Francisco tuvo una idea que terminaría conmoviendo al mundo: grabar un mensaje de despedida.
El legado que no esperaban dejar
"Vida, amor. ¿Estás bien? Sí, estoy bien. No estamos tratando de desesperarnos. El edificio se vino abajo y aún sentimos las réplicas. Tengo mucho miedo, pero queremos vivir". Estas palabras, grabadas en la oscuridad de una tumba de concreto, capturan la esencia del espíritu humano frente a la adversidad.
El video incluía un mensaje para su hijo: "Cuiden a mi hijo, por favor. Si alguien consigue este teléfono, cuiden a mi hijo". Francisco explica: "Lo desbloqueé para que no tuviera código de seguridad y que en el momento en que nos encontraran, encontraran el teléfono y escucharan nuestros relatos".
Durante las horas siguientes, Francisco grabó otro video. La desesperanza crecía. "¿Qué pasa? ¿Qué negligencia?", se preguntaban. Pero al amanecer, un rayo de luz se filtró. Había un espacio mínimo por donde entraba aire. Era su línea de vida.
El rescate: cuando los ciudadanos se convierten en héroes
Aproximadamente diez horas después del colapso, Francisco escuchó voces. Era el hijo de un vecino buscando a su padre. "Empecé a gritar, a gritar, a gritar y me escuchó", relata Francisco. Minutos después llegó su cuñado, quien había caminado tres horas desde su casa hasta los escombros.
Entonces comenzó un rescate que Francisco describe con una sola palabra: ángeles. "No hay otra explicación. Personas que llegaron con sus manos, sin experiencia, con un piquito, con un cuchillito, dieron su vida para salvarnos".
El rescate fue manual, artesanal, heroico. Sin maquinaria, sin herramientas especializadas, solo la determinación humana. Cuando Francisco preguntó por maquinaria, la respuesta fue clara: "Aquí no hay nada, olvídate de eso. Nosotros vamos a hacer con lo que tenemos en la mano, te vamos a sacar. Eso sí, te vamos a sacar, no te vamos a dejar morir".
Tomó cuatro horas sacar a Francisco. Tuvieron que recortar el sofacama con un serrucho, abrir espacio milímetro a milímetro. Francisco tuvo que forzar su pierna fracturada para poder moverla del hueco donde estaba atrapada.
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