Hay lugares que terminan siendo mucho más de lo que parecen. Una panadería puede ser un negocio, un lugar donde se compra el pan de cada día, pero en Lomitas, corregimiento de La Cumbre, aquella panadería llamada ‘La Lomiteña’ terminó convirtiéndose en un punto de encuentro para sus habitantes. Allí llegaban las familias, los campesinos y los vecinos; allí se cruzaban historias y, durante años, también se construyó el sueño de Alexander y Diana.
Noticias Valle.
Hoy, ese lugar está entre los escombros que dejó el terremoto del 10 de agosto. Lo que durante años levantaron con esfuerzo quedó reducido a paredes destruidas, máquinas afectadas y un negocio que por ahora no puede funcionar. “No, esto no son solamente paredes, esto es nuestra vida, nuestra vida, nuestros sueños”, dice Diana mientras mira lo que quedó de la panadería.
Probablemente, a muchos el nombre de Lomitas no les resulte familiar. Es un corregimiento de La Cumbre, en el Valle del Cauca, un lugar pequeño entre las montañas donde sus habitantes se conocen, se ayudan y hacen su vida alrededor de sitios que, con el tiempo, terminan siendo parte de la cotidianidad del pueblo.

La pérdida llega en un momento especialmente difícil para estos emprendedores. Sobre el negocio todavía pesan las deudas que adquirieron con el banco para poder crecer y comprar la maquinaria con la que habían modernizado la producción. Ahora, con la panadería paralizada por los daños del terremoto, Alexander no sabe cómo responder por esas obligaciones ni cómo conseguir los recursos necesarios para volver a empezar.
La historia detrás de esas paredes comenzó mucho antes de la tragedia. Alexander y Diana decidieron apostarle a Lomitas, su tierra natal. Pidieron un préstamo, compraron un vehículo para repartir pan y empezaron a construir, poco a poco, un negocio que llegó a convertirse en el sustento de seis personas.
Pero hubo un momento en que Alexander tuvo que alejarse. Durante tres años y medio viajó a Chile para trabajar. Mientras él buscaba oportunidades en otro país, Diana se quedó al frente de la panadería. Antes de partir, Alexander le enseñó lo que sabía para que ella pudiera defenderse y mantener el negocio funcionando.


“Mi esposa, gracias a Dios, continuó persistiendo a pesar de la soledad de ella”, recuerda. Mientras Diana hacía el pan, él trabajaba día y noche en Chile y destinaba parte de sus ingresos a seguir invirtiendo en aquel sueño. Cuando regresó, ambos compraron nuevas máquinas para hacer más eficiente el trabajo.
La panadería también tenía otra función: llevar el producto hasta donde otros no podían llegar. Su buseta recorría los sectores más apartados de La Cumbre y llegaba hasta las puertas de las casas. Alexander todavía recuerda la alegría de los niños y las familias cuando escuchaban la canción que anunciaba su llegada.


Ahora también necesitan recuperar ese vehículo, afectado por el terremoto. Sin él, reconstruir el negocio significa recuperar no solo una herramienta de trabajo, sino el vínculo que durante años tuvieron con cientos de hogares.
A pesar de todo, Alexander insiste en quedarse. Pudo irse del país y lo hizo para trabajar, pero regresó porque cree en su tierra. “Mi país es todo, es todo. Lo amo y le quiero apostar a esto”.
Mientras busca apoyo para reconstruir la panadería y responder por sus deudas, Alexander y Diana se aferran a la misma idea con la que comenzaron: volver a levantarse.





























