No estaba prófuga en la selva, ni cambiando de ciudad cada noche. Estaba en un apartamento común, en una zona urbana de Caracas, moviéndose como cualquier visitante más. Así se empieza a reconstruir el rastro de Érika “N”, la mujer señalada por el asesinato de la exreina Carolina Flores, y cuya captura en Venezuela destapó más preguntas que certezas.
Ese punto en Caracas no es un detalle menor. Marca el final de una ruta que comenzó apenas un día después del crimen y que le dio una ventaja clave: salir de México antes de que la buscaran oficialmente. El 15 de abril ocurre el asesinato en Polanco. El 16, ella ya está fuera del país. Para cuando las autoridades reciben la denuncia formal, la principal sospechosa ya había cruzado fronteras.
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La ruta no fue directa. Salió de México, pasó por Panamá y terminó en Venezuela. Más de 4.000 kilómetros en cuestión de horas. En medio de ese recorrido aparece una versión que no termina de encajar: un taxista asegura que la llevó a un paradero de bus, pero lo que hoy se consolida es que tomó un vuelo internacional. ¿Cambio de plan? ¿Cobertura? ¿Alguien más intervino? La investigación intenta responderlo.
En Caracas, el movimiento baja la intensidad. No hay persecución visible, no hay ocultamiento extremo. Se instala en un apartamento alquilado por plataformas digitales, un espacio temporal que le permite pasar desapercibida. Pero ese perfil bajo no dura mucho. Las autoridades venezolanas la ubican y la detienen, aunque no por el homicidio que ya generaba ruido en México.
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La captura ocurre por desacato a la autoridad. Según los reportes, la mujer ignora un requerimiento policial y se niega a atender instrucciones. Ese momento deja otro detalle inquietante: antes de que le mencionaran el caso Carolina Flores, ella niega haber cometido algún delito. Una reacción anticipada que hoy se suma a la lista de elementos bajo análisis.
Para entonces, la Fiscalía mexicana ya había encendido las alertas. De manera extraoficial, informa que Érika “N” está en búsqueda y avanza en la activación de una circular roja de Interpol. La cooperación internacional empieza a moverse, pero el factor tiempo ya jugaba a favor de la sospechosa.
Ese tiempo, precisamente, es el punto que hoy reordena toda la historia. La salida del país ocurre antes de la denuncia. El hijo de la víctima, presente durante el crimen, tarda varias horas en acudir a las autoridades. Ese lapso abre una grieta en la cronología que ahora resulta imposible ignorar.
Mientras tanto, otra línea empieza a tomar fuerza fuera de los despachos judiciales. La familia de Carolina Flores insiste en un posible móvil económico. Hablan de una compensación cercana a los dos millones de dólares que la exreina recibió tras la muerte de su padre en Estados Unidos. Y hay un dato que conecta: Érika “N” estuvo a su lado durante ese proceso, conocía el movimiento, conocía el dinero.
Hoy el caso se sostiene sobre tres ejes que no terminan de encajar del todo: una fuga que se ejecuta con ventaja, un escondite que no parecía esconder nada y un posible motivo que apunta al dinero. La captura en Caracas detuvo la huida, pero no resolvió la pregunta que sigue creciendo con cada nuevo dato: ¿todo esto ocurrió por impulso… o alguien ya iba varios pasos adelante?



























