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Noticias Colombia.

La iniciativa de la Agencia de Cooperación de los Estados Unidos, hace parte de los diferentes proyectos que apoya en el país, con las comunidades directamente.

Más de cien familias del departamento de Arauca participaron en el bordado del chinchorro o hamaca más grande del mundo, que fue instalado en el puente internacional José Antonio Páez.

El propósito es construir participativamente iniciativas de integración y reconciliación social en el departamento.

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La construcción del chinchorro es el resultado del programa ‘Integrándonos Construimos Futuro’, de la Corporación El Minuto de Dios y sus aliados USAID, Acdi/Voca y consejo de Empresas Americanas.

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Los símbolos que integran el chinchorro, lo crearon niños, niñas y jóvenes de la comunidad.

“En las jornadas que se hicieron, tanto de pintura como de tejido, también participaron las personas residentes en el territorio.No solo eran araucanos, también migrantes venezolanos, retornados colombianos o personas que estaban de paso”, dijo Lina Pardo Sánchez, coordinadora del proyecto ‘Integrándonos Construimos Futuro‘.

Tradicionalmente, para su elaboración se utiliza el Cumare, el fique y el cáñamo, fibras vegetales resistentes.

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La instalación se realizó cumpliendo con los protocolos de bioseguridad.
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El chinchorro es patrimonio cultural de diferentes regiones del país, como Los Llanos.
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Tuvo su origen en la red de pesca y luego los lugareños la adaptaron como objeto para descansar.

 

 

 

 

En la actualidad y como parte del cuidado de la Casa Común, se han incorporado fibras de nylon o polipropileno de diversos colores para lograr un chinchorro llamativo y único.

Bojayá un ejemplo de empoderamiento y reconciliación

En Bojayá, municipio de Chocó se llevaron a cabo dos iniciativas inspiradas en el aprovechamiento de los cultivos como la cúrcuma y el plátano.

Ambas iniciativas apoyadas por el Programa de Alianzas para la Reconciliación (PAR) de USAID y Acdi/Voca, lograron un símbolo de confianza y reconciliación con el pasado y el territorio.

Por un lado, Juana y Genoveva de Bojayá, dos mujeres que a través del empoderamiento, en representación de una comunidad de 12 mujeres, cultivaron 24 hectáreas de plátano.

La producción equivalente a 20 toneladas, se llevó a la capital del Chocó para venderla a bajo costo con el fin de beneficiar a la comunidad quibdoseña.

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Juana y Genoveva cultivaron los frutos que llevaron a la capital del Chocó.
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Parte de su producción se estipuló para donación.

 

 

 

 

 

A través de esta acción se permitió reconstruir el tejido social reuniendo a las comunidades que se habían desintegrado tras un contexto de violencia y conflictos.

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Los plátanos se vendieron en tiempo récord en Quibdó.
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Juana y Genoveva hacen parte de la producción de plátano.

Estas acciones han confirmado que el empoderamiento económico con enfoque de género ayuda a disminuir tensiones familiares y disminuyen además la violencia de género’’, manifestó Niza Uribe, directora regional Chocó del Programa de Alianzas para la Reconciliación de USAID y ACDI/VOCA.

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La otra cara de Bojayá

Por otro lado, la cúrcuma fue la excusa para que dos comunidades de Bojayá que no convivían entre sí Asovivu y Asoprosanjosé, se integrarán por un mismo propósito.

Estas comunidades plantaban la cúrcuma dándole por nombre azafrán. Cuando conocieron las propiedades de esta planta y sus usos en la gastronomía, reconocieron su gran potencial.

De estar forma dejaron a un lado los prejuicios del pasado y decidieron sacar un proyecto que hoy da trabajo a más de 200 familias.

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