Tal vez habrán oído decir que “las palabras tienen poder” y esto resulta cierto. Lo que pronunciamos es el reflejo de lo que somos. Si usted quiere conocer inicialmente a una persona, lo primero que debe hacer es conversar con ella.

En ese diálogo podemos darnos cuenta quién es esa persona, lo que piensa, sus anhelos, sueños, frustraciones y propósitos. Hay una gran cantidad de asuntos que afloran al conversar con la persona que deseamos conocer.

En Mateo 12:34, encontramos: “…porque de la abundancia del corazón habla la boca”. Incluso en una diligencia judicial, los expertos pueden saber que lo que habla un testigo o un reo puede ser verdad o mentira.

Las palabras de nuestra boca nos pueden condenar o absolver. De la misma forma lo que pronunciamos, lo que declaramos, tiene una fuerza espiritual.

Es de tal fuerza la oración si estamos plenamente convencidos de lo que hablamos, que podemos sanar de una enfermedad a alguien con palabras.

Por ello, al contrario, se considera la mentira como una palabra necia que nos lleva a condenación.

Una palabra sana es la oración, cuando hablamos a Dios y abrimos nuestro corazón para recibir algún favor de su parte. Cuando el Todopoderoso ve lo que hay en nuestro corazón, sabe la naturaleza de lo que estamos pronunciando.

Mucha gente que repite mecánicamente el ‘Padre Nuestro’, en realidad no se da cuenta lo que está diciendo.

Esa oración que pronunció Jesús para enseñarnos a orar, dice en uno de sus apartes: “…hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo…”.

En gran cantidad de ocasiones no nos gusta la voluntad de Dios, pero al pedirle a Él y decírselo, estamos aceptando lo que quiera hacer en nuestras vidas. Eso quiere decir que la voluntad del Señor no coincide con el anhelo del corazón, pero ya lo pedimos.

Por esa razón al orar, estando en intimidad con Dios, debemos decirle todas las cosas que queremos y abrir el alma.

Al hablar hay que tener cuidado porque nos podemos volver esclavos de nuestras propias palabras, que es lo que se llama una atadura.

También lo hacemos al criticar a otros, sin saber que más adelante podremos hacer lo mismo que hemos condenado.

“No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados, dice la palabra en Lucas 6:37.

Podemos apelar también a un dicho popular del mundo: “procura que tus palabras sean suaves en caso de que te las tengas que tragar”.

Finalmente no deben olvidarse que las palabras suaves no crean contienda.
Proverbios 16:24, dice: “palabras de gracia son como un panal, dulzura para el alma y medicina al cuerpo.”

No cabe duda que a través de las palabras podemos construir y también destruir. La clave para una buena sanidad de la palabra, es saber que siempre podemos encontrar algo bueno para decir sobre una persona y si tenemos la oportunidad, debemos elegir que las palabras sean como un panal de miel. Si creemos que no podemos decir nada bueno, entonces nos quedamos callados para no ser esclavos de lo que digamos.

Bendiciones para todos quienes hayan leído este mensaje de renovación espiritual de TUBARCO.
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